Un silbido cruzó el pueblo. Todos sus
habitantes salieron a la calle en el crepúsculo, y vieron un jinete que se
alejaba en la dirección del viento, en dirección al sol, a la vez que gritaba:
-¡Nunca
volveré! –mientras entrecerraba los ojos para impedir que el polvo no entrase
en ellos.
A la
anaranjada luz del sol, la hierba parecía arder bajo los cascos del caballo.
Ya acostumbrados
a esto, los habitantes volvieron uno a uno dentro de sus casas para resguardarse
del frío de las noches de primavera. La ancha calle quedó de nuevo desierta, la
única calle que cruzaba el gran pueblo, con cien casas a cada uno de sus lados.
Pese
a la costumbre, los habitantes no podían dejar de sentirse afligidos por cada
marcha de algún joven. Seguramente la madre del que se acababa de ir se pasaría
la noche entera intentando llorar desconsolada pese al abrazo de un marido
triste a la vez que furioso, pero hacía ya algunos años que las lágrimas de las
madres del pueblo habían quedado secas. Mientras tanto, todos se preguntarían
cenando en silencio quién sería el siguiente: los padres temerosos de que fuera
uno de sus hijos, los hijos ansiosos de abandonar aquel lugar como muchos antes
que ellos.
Aunque
decían no saber o recordar ya qué había más allá de las montañas que los rodeaban,
de aquel valle, ni saber dónde nacía el río que les suministraba agua y peces
ni dónde iba a desembocar. Era triste vivir allí, en algún lugar. Nadie sabía
si los hijos que se marchaban iban a ir a la guerra, si tendrían fortuna en la
vida, si lamentarían su decisión…. ya que nunca nadie volvía para contárselo.
Sólo había una forma de saber qué les sucedía a aquellos que se marchaban,
yendo tras de ellos, pero no lo hacían, ellos mismos se lo prohibían, no sin
desesperación.
Al
principio, cuando los jóvenes empezaron a marcharse, lo hacían a la luz del
día, para dar a sus familias y los más allegados del pueblo la oportunidad de
despedirse. Al principio, sólo unos pocos se iban, con la falsa promesa de que
algún día volverían, aunque los que se quedaron nunca supieron por qué se
rompió esa promesa, aunque preferían engañarse diciendo que algo les habría
impedido volver.
Con el paso de los años, las marchas cada
vez eran más frecuentes, y no siempre a la vista de todo el mundo. Muchos, cada
vez más, preferían irse de noche o en el crepúsculo, para evitar dar excusas o
mentir a la cara a aquellos a quienes dejaban atrás, para evitar las dolorosas
despedidas
Con
el tiempo, sus gentes se fueron haciendo a la idea de que su pueblo acabaría
desapareciendo, pero la esperanza siempre tenía un hueco en sus corazones, aunque
le costaba salir a la luz.
Transcurridos
unos años, las gentes empezaban a decir que ningún camino llegaba hasta aquel
pueblo, que sólo había camino de salida. Los viejos empezaron a morir, muchos
de ellos ya sin hijos que heredaran sus tierras, su casa, su linaje para
perpetuarlo hasta el fin de los días. Había quien decía que para que el pueblo
no acabara muriendo, sus habitantes deberían ser inmortales, pero aquello no
ocurriría. En aquel lugar, cuando nacías tenías la certeza, igual que en el
resto del mundo, de que algún día ibas a morir.
Después
de muchos años, ya habían perdido la cuenta, el pueblo empezó de verdad a morir
el mismo día en que un viejo sin esposa y cuyos hijos ya habían partido
falleció. Aquel hombre era el último de una familia con un largo linaje en el
pueblo, y su muerte pesó casi tanto como los cientos de jóvenes que habían
partido. Aquel lugar empezaba a morir.
Esa
misma noche, una pareja fue sorprendida por el padre de ella en el granero
preparando las monturas para su partida. A la luz de un farol que apenas servía
para adivinar los rasgos de dolor y tristeza de sus caras les suplicó que se
quedaran, que no abandonaran el pueblo, al menos no aquel día de tanto dolor.
Pero ellos, pese a no negarse a escuchar al pobre hombre, tenían sus buenas
razones, y le hicieron entender. No por ello su partida fue menos triste, pero
al menos habían tenido la oportunidad de despedirse.
Los
años pasaban, aunque habían perdido la cuenta. También los jóvenes se fueron,
pero sus familias no habían perdido la cuenta de ninguno de ellos. Los padres
más jóvenes, ante la marcha de sus hijos habían decidido seguir procreando, con
la esperanza de que al menos, si no conseguían retener a sus hijos, el abandono
y la muerte de su pueblo se retrasara lo máximo posible. Se aferraban a un
clavo ardiendo, aun sabiendo cuál acabaría siendo el final que se negaban a
ver.
Finalmente
llegó el día en que ya no quedó gente joven en el pueblo, y en que los que
quedaron ya no podían engendrar descendencia. Llegó el día en que cada día
podía ser el último en aquel lugar. Muchas familias habían desaparecido ya sin
descendencia. Sabían que la vida se apagaría poco a poco, que sería lento y
doloroso, a no ser que pusieran final a aquello de una manera tajante y sin
remedio. Pero la pequeña llama de esperanza, la que más les hacía morir, guiaba
sus actos hacia la supervivencia, a no abandonarse, a no dejar la vida. La
esperanza, que se había convertido en el mayor de los males, mayor que la
partida de cientos de personas.
Un
día, tiempo después de que el último hijo de alguno de ellos se hubiera
marchado, todos se reunieron en el centro del pueblo, poco después del
atardecer de un día de primavera. Encendieron una hoguera y se sentaron junto a
ella. A su alrededor, casas abandonadas eran testigos de su reunión.
Hablaron horas y horas. Pese a las edades
de todos ellos, ya nadie recordaba el origen de aquel pueblo, quiénes fueron
sus primeros habitantes y fundadores, sólo recordaban el motivo que los había
llevado allí: huir del mundo, de su avance, que tanto daño hacía al propio
mundo. Y sus habitantes habían querido transmitir esos valores a sus
descendientes. Todos echaban la culpa ahora a esa decisión. Pese a que varias
generaciones después habían decidido ocultar a sus hijos los motivos, nada los
había retenido allí, al fin y al cabo en la naturaleza humana estaba el deseo
de conocer y explorar lo desconocido. Nadie podía frenar esa naturaleza sin un
motivo convincente, o al menos sin haber tenido una experiencia que hiciera a
esa naturaleza recapacitar, y ellos, cobardes y en cierto modo valientes, no
habían sabido transmitir su pasado a sus descendientes, sus valores…. Ellos
habían matado al pueblo, ellos habían matado su vida, ellos habían matado la
posibilidad de la perpetuidad de su linaje en aquel lugar, y todo ello mucho
tiempo antes de nacer sus hijos.
Nadie podía detener el avance del mundo, y
por lo visto, tampoco nadie podía apartarse de su avance, ya que tarde o
temprano la gente sentía su llamada, porque lo que no avanzaba con el mundo
acababa desapareciendo, tal y como iba a sucederle a ellos.
El cielo empezaba a clarear, y el viejo
que cierta noche había sorprendido a su hijo en el granero con su futura mujer
se puso en pie. Se sacudió el polvo, que se acumulaba en todas partes porque
eran muy pocos y muy débiles para hacer casi cualquier cosa, aquel polvo que ya
apenas les dejaba ver. Respiró profundamente varias veces.
Fue entonces cuando el sol empezó a
despuntar en el este, avanzando por la calle hacia ellos y hacia las ascuas,
que eran todo lo que quedaba de la hoguera. Y en ese momento escucharon en el
este el relincho de un caballo.
Aun creyendo que había sido su
imaginación, todos se pusieron en pie y se dirigieron hacia lo que llamaban la
entrada del pueblo, aunque no se diferenciaba en nada del otro extremo, pero
había sido el oeste hacia donde habían partido todos.
Y allí, recortado contra el horizonte,
vieron una silueta que avanzaba cabalgando con paso lento….
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